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Crítica

Reseña: El Juego del Calamar

La serie surcoreana El Juego del Calamar se ha convertido en el último gran éxito de la plataforma de streaming Netflix. Dirigida y escrita por Hwang Dong-hyuk, la serie nos cuenta como un grupo de personas marginadas por su nivel socioeconómico son orilladas a participar en la mortal dinámica llamada El Juego del Calamar. Quien logre sobrevivir a las distintas pruebas que se propongan será acreedor a un premio de 45 600 millones de wones, alrededor de 789 millones 700 mil pesos mexicanos, todos aquellos que pierdan terminarán siendo asesinados.

Los participantes de El Juego del Calamar son elegidos por una organización secreta que se dedica a buscar personas que se encuentran en serios aprietos económicos. Es así como conocemos la historia del protagonista Seong Gi-hun (Interpretado por Lee Jung-Jae) un adicto a los juegos de azar que al no poder brindar una pensión digna a su hija podría perder su custodia.

Sin embargo, las razones por las que los personajes terminan en El Juego del Calamar no siempre son tan nobles. También lucha por el premio Cho Sang-Woo, un empresario que cometió fraude y es buscado por la ley, así como Jang Deok-Su, un peligroso criminal.

Los esfuerzos de los personajes por sobrevivir, las alianzas que se forman, así como las traiciones que ocurren resultan en una exploración sobre los límites de la moral en situaciones extremas. Este tipo de dinámicas son parte de toda una tradición de películas como los clásicos de culto japoneses Battle Royale y As The God´s Will, en los que miembros de la sociedad deben sobrevivir a pruebas mortales impuestas por fuerzas opresivas.

El Juego del Calamar busca partir de este género para hacer una ácida crítica al sistema capitalista y las desigualdades que provoca. No obstante su creador muestra tener una mente muy estrecha como para hacer una crítica contundente.

Aunque Hwang Dong-hyuk construye personajes con dilemas interesantes, estos son sometidos a una moral simplona que recuerda a la sensibilidad de las novelas de televisa. De acuerdo a Hwang Dong-hyuk entre menos privilegios tenga un personaje más cerca está de su humanidad, mientas que aquellos que gozan de riqueza y/o poder resultan en seres completamente viles.

Más allá de las reglas del juego (que son mucho más flexibles que las de Rupaul´s Drag Race) o de las habilidades de los personajes lo que realmente determina quien avanza a la siguiente prueba o no es la bondad (o maldad) de sus actos.

Esto se hace especialmente evidente en el episodio 4. Aquí es cuando nos empezamos a despedir de algunos personajes importantes, como el migrante pakistaní Abdul Ali, la joven Ji-yeong y al anciano Oh Il-nam. El director encuentra la manera de hacer que la única muerte realmente trágica sea la de Abdul, quien pierde cuando es traicionado por el implacable Cho Sang Woo.

La muerte de Li-Yeong, quien confiesa haber asesinado a su padre abusivo, nos muestra el poco espacio que hay en la serie para el desarrollo de personajes de una moral más complicada. Casi pareciera que el director esperó a este momento para hacer la revelación de Li-Yeong con tal de justificar su muerte y no porque fuera una aportación realmente importante tanto al desarrollo de su personaje como al de la trama.

Por otro lado la revelación al final de la serie de que Oh II-nam es fundador de El Juego Del Calamar, no solo arruina el impacto emocional del único momento en el que el personaje de Seong Gi-hun tiene que traicionar sus principios, sino que además destruye toda la mitología con la que se nos presentó el concepto de El Juego del Calamar, supuestamente un espacio donde los menos privilegiados podían competir de manera justa por un futuro digno.

La idea maniquea de moral llega a su punto más ridículo cuando aparecen los VIP, un grupo de americanos millonarios que apuestan por la trayectoria de los participantes. Mi problema con estos personajes no solo es lo terribles actores que son cada uno de ellos, sino que el director los aprovecha para presentar a la homosexualidad como una de las tantas depravaciones que surgen gracias al exceso de poder. Es una táctica de shock sumamente anticuada que es además amplificada utilizando a un personaje que se esfuerza al máximo por ser grotesco en sus tácticas de seducción.

Pero además de su conservadora moral la serie sufre también de un gran problema en sus ambiciones estéticas. Aunque no puedo negar que Hwang Dong-hyuk sabe crear algunos momentos emocionantes, no tiene el ingenio audiovisual de otros surcoreanos talentosos como Chan wook Park, el ganador del óscar Bong Joon Ho o el controversial Kim-Ki Duk.

Hwang Dong-hyuk recurre a la influencia del siempre imitado, pero jamás igualado Stanley Kubrick con las intenciones de parecer profundo y atrevido (como suelen hacer la mayoría de los malos imitadores de Kubrick).  Pero su elección de influencia resulta fuera de lugar.

Las tácticas que Kubrick usó para jugar con la estética de la violencia en películas como La Naranja Mecánica estaban cargadas de cierta ironía y cinismo. La visión de Hwang Dong-hyuk no tiene el sentido del humor negro de Kubrick ni los recursos para hacer de una secuencia como la del asesinato masivo en el juego Luz Verde un momento trascendente. Su elección de música fondo, el clásico Fly me to the moon, resulta genérico más que subversivo.

Pero cuando es más evidente el fantasma de Kubrick es en las escenas que aparecen los VIP. Estos momentos hacen eco de la infame secuencia de las máscaras en Ojos Bien Cerrados (copiada y parodiada hasta el cansancio).

En el caso del Juego del Calamar esta referencia se siente como una visión mucho menor. Las pobres actuaciones de los actores norteamericanos, la pobreza en la fotografía, pero sobre todo el extravagante diseño de las escenografías, que parece una versión sin presupuesto del Cirque du Soleil, provocan un sentimiento más cómico que intimidante.

Cuando escuché por primera vez sobre la serie me sorprendió que un proyecto inspirado en los clásicos de culto Battle Royale y As the god´s Will estuviera ganando tanta popularidad. Ambas películas impactaron gracias a su explotación sin compromiso de la violencia, así como sus controversiales visiones del mundo, características que no suelen hacer a las películas o series éxitos masivos.

Pero en El Juego del Calamar el uso de la violencia y sus ambiciones estéticas son meros adornos. Lo que podría haber sido una sátira entretenida sobre los peligros del capitalismo se convierte en un aleccionador manual sobre la importancia de apegarte a los códigos de ética, incluso cuando tu vida corre peligro. Una fábula infantil salpicada de sangre.

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