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Crítica

Crítica: Narcos México (Temporada 3)

 “Ahora sí van a saber lo que pasa cuando abren la jaula y dejan salir a los animales”, sentenciaba el personaje de Félix Gallardo (Diego Luna) al final de la segunda temporada de Narcos: México. Para cerrar esta antología, la serie se enfoca en mostrarnos cómo fue que los llamados “animales” por Gallardo desataron una ola de violencia de la que incluso hoy en día seguimos viviendo consecuencias.

Con un cambio de show runner y la dificultad de haber sido grabada en pandemia la serie se esfuerza por mantener los estándares de calidad que caracterizaron a las ediciones anteriores de México y Colombia. Hay un cierto nivel de austeridad que se siente en un exceso de escenas con personajes aislados, una edición de audio atropellada y un desarrollo narrativo acelerado (muy sisisi a la chingada con el destino de varios personajes).

Existen dos arcos narrativos importantes que venían forjándose desde incluso la última temporada de Colombia y que prometían mucho dramáticamente. Por un lado, la construcción del imperio multimillonario de Amado Carrillo (José María Yazpik) también conocido como el Señor De Los Cielos y por otro la brutal lucha que se dio entre el resto de los cárteles por controlar en mayor medida el negocio del narcomenudeo.

La transformación de Carrillo en el capo más poderoso del mundo es tratada de una manera superficial. No tiene el mismo intrincado desarrollo narrativo que hizo de la historia de Félix Gallardo dos temporadas emocionantes. La eventual caída de la familia Arellano Félix y sus enfrentamientos con El Chapo, Güero Palma, el Mayo Zambada tiene sus debidos momentos emocionantes (e informativos) pero rara vez alcanza el nivel de tensión que podíamos ver en esos juegos de gato y ratón que te mantenían en otras temporadas al borde del asiento.

Sin embargo, hasta cierto punto Narcos continúa sabiéndose diferenciar de las narconovelas. El guion toma sus debidas libertades creativas, pero sigue esforzándose por hacer un retrato acercado a la realidad de los elementos socio-políticos que permitieron el surgimiento de peligrosos criminales y una ola de violencia turbulenta.

Hay que destacar que, como en toda ficción, el retrato que hace Narcos sobre sobre la guerra contra el narcotráfico no es parcial y la manera en la que manejan las historias se siente demasiado influida por los valores gringos tanto morales como de visión dramática.

Tal es el caso del arco narrativo del personaje de Luis Gerardo Méndez. El actor mexicano interpreta a un policía corrupto de Ciudad Juárez que comienza a descubrir pistas sobre lo que eventualmente se conocería como el caso de Las Muertas de Juárez, una de las tragedias más atroces de nuestro país.

Esta trama es tratada al más puro estilo de los thrillers estadounidenses, con todo y un asesino serial suelto. Aunque al final funciona de manera orgánica y logra plasmar toda la misoginia, corrupción y violencia que permitió que estos crímenes quedaran impunes, la inclusión de un asesino serial no deja de sentirse como parte de una fórmula para atraer audiencias jóvenes de Netflix obsesionadas con los documentales de asesinos seriales (que abundan en la barra de contenidos de este gigante del streaming).

Asimismo, la creación del periódico ficticio La Voz de Tijuana está sumamente influida por las sensibilidades de Hollywood. El periodismo de investigación es enaltecido con el mismo tono cursi que hemos visto en películas como Spotlight o The Post.

La protagonista de esta historia, interpretada por Luisa Rubino, está diseñada como las heroínas feministas que se han convertido en el elemento indispensable de todo guion vendible en Hollywood. Tristemente Rubino no la interpreta con convicción y sus tácticas para obtener información valiosa se sienten torpes y hasta caricaturescas. Cualquier periodista serio sabe que el personaje de Rubino en un ambiente como el de México no habría pasado del segundo episodio acercándose de esa manera a sus fuentes de información. No necesitamos realismo en la ficción, pero sí un poco de credibilidad.

Y mientras nos acercamos al final se vuelve muy evidente la postura de la serie respecto al manejo de la guerra contra el narcotráfico. Mientras que México es retratado como un lugar inhóspito, donde no hay espacio para la verdad o la justicia, la intervención de Estados Unidos es representada como todo lo contrario. Aunque se llegan a cuestionar los métodos de varios de los personajes norteamericanos por cumplir con su deber, estos nunca caen presas de la corrupción, su trabajo siempre es por el bien mayor, a pesar de las consecuencias.

Aunque Narcos termina siendo una visión sesgada de un fenómeno complejo, la serie cumple con crear una historia entretenida. Además consigue construir reflexiones perturbadoras sobre el poder, la violencia, la tragedia de la desigualdad económica y las terribles consecuencias de la corrupción sistémica.

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